Jaime López, los rituales urbanos de un mequetrefe

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Jaime López_Luis Gómez Sandi_Nine Fiction (6)

 

Texto y fotos: Luis Gómez Sandi “Lags”

La del 6 de septiembre fue la noche ideal para refugiarse de la intensa lluvia al cobijo de los tarros de cerveza, el vino tinto y el seductor rumor de las historias de la gran ciudad, los grandes amores y la profunda filosofía urbana de Jaime López.

El Centro Cultural Bretón poco a poco fue llenándose de concurrentes, de noctámbulos melómanos dispuestos a extender el culto al rock mexicano, perverso, ancestral y cachondo en torno a la aguardientosa voz de una de sus principales leyendas durante toda la noche si fuese necesario. Pero antes, el recinto tuvo a bien invitar a calentar motores y mitigar la ansiosa espera con música de El Haragán, el Tri, Rockdrigo González, Carlos Arellano, Trolebús, Los Pandilleros, Liran Roll, Charlie Montana y Tijuana No cuyos acordes resonaron en cada pared de la vieja casona del centro de la ciudad.

Llegada la hora acordada, la impaciencia tomó forma de gritos y silbidos que ya reclamaban la presencia del trovador urbano. Sin embargo, una media hora más tarde, las luces del pequeño escenario rompieron en juegos intermitentes para dar la bienvenida a el Mequetrefe que, enfundado en jeans y camisa sin mangas dejando al descubierto sus tatuajes, arrebató con versos el protagonismo al cielo que afuera caía con ímpetu.

Buenas noches damas, caballeros y todas las honrosas excepciones“, fue el saludo con el que arrancó el ritual catártico, un reencuentro de frente con cincuenta años de carrera materializados en el ímpetu y energía de la rasposa y blusera voz de Jaime López que se hizo acompañar únicamente por una guitarra y, a veces, una armónica. Nadie pudo parar su torrente lírico. Uno  tras otro de sus temas, como“No doy más”, Junkie amor“, “Desenchufado” y hasta “La llorona“, siguieron el hilo natural de su memoria.

Notablemente emocionado, Jaime pidió al compositor Gerardo Enciso que hiciera acto de presencia a su lado. Al no aparecer de inmediato el  publicó empezó a gritarle “¡Flaco!” hasta que el tapatío se apersonó con un vaso de cristal en mano ante la reverencia de todos. Juntos interpretaron “Corazón de cacto“.

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En otro momento memorable, Jaime López presentó una nueva composición dedicada a Guadalajara. “Todavía no me la aprendo bien“-comentó, justificando el hecho de que tuviera que guiarse por la letra escrita en un papel que terminaría volando por los aires hasta las manos de algún afortunado. Así, “Medianoche en Analco” vio su primera luz ante la emoción desbordada en el centenario patio del Centro Cultural Bretón.

Castillos en el viento“, “Indian Summer“, “Vagón de vagabundos”, “A la orilla de la carretera“, “Arando el aire” y “Es tan poco el amor“, fueron sucediendo antes de otro homenaje, ahora al cantante y actor Piporro en “Por cigarros a Hong Kong“.

Después de la mitad del recital, Jaime López abrió “la hora de las complacencias“, enfrentándose a una avalancha de solicitudes que se empalmaban unas con otras. En medio del caos siguieron “¿Cómo ves esa troca?“, “¡Ay, Inés!”,”¿Qué onda, ese?“, “Desde mi moto“, en la que un miembro de un grupo de motociclistas tapatío le regaló una camiseta,  y “Me siento bien pero me siento mal“. Vino el encore conformado por “En toda la extensión de la palabra amor“, “Bonzo” y “No ando buscando a Jesús“, pero el púbico reclamaba un tema: “La Chilanga banda“. Ante tal insistencia, Jaime López reclamó con severidad que lo dejaran aventarse unas tranquilas y luego ya seguía con este tema.

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Después  de “Hechicera” vino la estrella de la noche. La canción que popularizara Café Tacuba en su disco “Avalancha de éxitos” se apoderó de las voces embrolladas y lenguas enredadas de los asistentes. “La chilanga banda” surcó el cálido ambiente del lugar en una extensa versión plagada de modismos, expresiones y urbanidades que la han hecho un ícono de la cultura popular.

Luego de casi tres horas incansables, la ceremonia fue llegando a su fin, cerrando magistralmente con “Sácalo“. El mequetrefe dio el último sorbo a su copa de vino tinto, recogió sus instrumentos, y se esfumó detrás del escenario al mismo tiempo que la tormenta se redujo a simples vestigios.

 

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