De José Luis «Zurdo»Terrones
El deporte y la política, una mezcla inevitable.
La guerra de Ucrania y Rusia ha llegado al ámbito deportivo con el Comité Olímpico Internacional (COI) penalizando las manifestaciones de los deportistas ucranianos en apoyo a los atletas fallecidos en el conflicto. La Regla 50 de la Carta Olímpica señala que “no se permitirá ningún tipo de manifestación o propaganda política, religiosa o racial en ninguna instalación olímpica, sede u otro emplazamiento”. El abanderado de Ucrania en los Juegos Olímpicos de invierno 2026, Vladyslav Heraskevych, fue descalificado por utilizar un casco conmemorativo de atletas de su país fallecidos.
El esqueletonista insistió en utilizar su casco decorado de imágenes de deportistas de su país muertos en cuatro años de invasión rusa, el COI se amparó en la Regla 50, causando opiniones divididas alrededor de mundo, pero no será la primera ni la última vez, que la política se mezcla con el deporte. Antecedentes han existido a lo largo de la historia, Hitler utilizó las Olimpiadas de Berlín 1936 como propaganda para su nacionalismo, pese a la oposición de muchos países, no se suspendió el evento ante la inminente guerra que se avecinaba. México 1968 fue testigo del Black Power con Tommy Smith y John Carlos protestando contra el racismo de Estados Unidos.
Múnich 1972 fue víctima del terrorismo palestino, se asesinaron a 11 atletas de Israel en la Villa Olímpica, el COI no canceló los Juegos Olímpicos, solo se suspendieron 36 horas. Montreal 1976 fue boicoteado por 22 naciones, que protestaban porque Nueva Zelanda había enviado un equipo de rugby a Sudáfrica, la nación africana estaba suspendida por su política racista. Moscú 1980, en plena Guerra Fría, Estados Unidos y aliados no acudieron. En venganza, 4 años después, en Los Angeles 1984, la entonces Unión Soviética y simpatizantes de Europa del Este, boicotearon al no asistir.
Para 1988, Corea del Norte pretendía unos Juegos Olímpicos en conjunto con su vecino, el COI se negó, sólo se llevaron a cabo en Seúl. Cuba, Nicaragua, Albania y Etiopía, apoyaron el boicot norcoreano al no participar. Sudáfrica fue castigada por su política de apartheid de 1964 a 1992, como actualmente ocurre con Rusia por su doping de estado y la guerra con Ucrania; esto último por vulnerar la Carta Olímpica en cuanto a la integridad territorial.
“No me arrepiento; hay cosas más importantes que las medallas”, declararía Vladyslav Heraskevych por no acatar la orden del COI, la prohibición de usar un casco como homenaje a compatriotas caídos. En su Instagram publicaría el abanderado ucraniano, “Este es el precio de nuestra dignidad.” El organismo deportivo apela a una norma de la Carta Olímpica, el debate gira en torno a cuáles son los límites de la neutralidad política y las posturas particulares de los atletas.
El COI fracasó en tratar de convencer al atleta de no usar un casco conmemorativo, Heraskevych ya había utilizado en Pekín 2022 un cartel con la leyenda: “No a la guerra en Ucrania”, el organismo en ese momento vio el mensaje como algo alusivo a la paz, ahora vislumbra un casco como una cuestión propagandística, no un homenaje a deportistas fallecidos. Sin embargo, el COI no reaccionó por lo hecho en los mismos Juegos Olímpicos de Milán-Cortina, un atleta italiano usando una bandera rusa en su casco, Roland Fischnaller.
Heraskevych denunció el hecho sin reacción del COI, pero sí lo descalificaron a él por el casco donde se exponían a miembros fallecidos de la familia olímpica. ¿Cuáles manifestaciones son válidas y cuáles no? Ya que la política está inmersa en el deporte, cada deportista tiene una visión personal; es inevitable la mezcla de ambas cuestiones.
El deporte no es ajeno a la política, el COI debe ser claro con la “neutralidad” sin excepciones, la regla 50 busca la justicia en los escenarios olímpicos, los criterios y la consistencia de la institución; le darán legitimidad a largo plazo.
