*La melancolía lírica de Lázaro Cristóbal Comala cimbró la noche del sábado 28 de marzo en el Anexo Independencia, en un concierto íntimo que se transformó en una catarsis emocional colectiva. Durante más de dos horas, las letras no sólo se escucharon, se sintieron y resonaron profundamente entre los asistentes

A unos meses de su última presentación en la ciudad, el músico oriundo de Durango regresó a Guadalajara en formato full band, en una velada atravesada por la sensibilidad áspera y honesta que caracteriza su propuesta.
Bajo una luz roja intensa, la noche comenzó con un audio con textura casera: la voz de Daniel Azdar y su hijo preguntando “Oye, ¿canto bonito o canto feo?” —“Cantas feo… mmm”—. Ese breve momento abrió paso a la aparición de Lázaro, quien salió, dió un sorbo a un trago y saludó con cercanía al público, para posteriormente tomar una de las guitarras del escenario.
Los primeros acordes de “The Ballad of Bono Corona” marcaron el tono. Desde ahí Lázaro, removió las cortinas de la ventana a su intimidad para compartir su universo lírico: uno donde la desesperanza, el aislamiento y la tristeza toman forma en versos como “qué ansiolíticos para desaparecer estas ganas de desaparecer” o “domingo aburrido que huele a suicidio, una oportunidad para no ser tú mismo”.
El recorrido continuó con “Dallas” y “Luvina”, para después dar paso a “Estoy poniendo todo de mi parte” y “Faisanes”, consolidando una atmósfera desgarradora pero transparente, donde el dolor no se esquiva, se nombra, se canta y se sobrelleva entre guitarras y mezcal.

Escuchar a Lázaro Cristóbal Comala en formato full band también permite dimensionar la trayectoria del proyecto. La complicidad entre los músicos es evidente, cada instrumento acompaña las historias hechas canción, sosteniendo las emociones que atraviesan cada lírica. Así, las experiencias de vida convertidas en música dejan de sentirse solitarias y encuentran un lugar donde compartirse.
Lejos de construir mundos utópicos, la obra de Lázaro Cristóbal Comala se sumerge en lo que muchas veces permanece oculto: el sufrimiento, la infelicidad, la desesperanza, las rupturas, e incluso con versos que resuenan como a una crítica a esa idea de felicidad forzada. Esa crudeza, sin filtros, es justamente lo que genera una conexión tan directa con el público. Canciones como “Gin”, “Un Manhattan”, “Estoy más cerca de mí” “Lo peor de mí” y “Estar sobrio” dieron una muestra de ello, ya que fueron coreadas con un carga emocional evidente.
Hablar de Durango, la tierra de donde proviene Lázaro, remite a paisajes áridos y desérticos, pero también a una herida social profunda que atraviesa varias de sus canciones. El tema del suicidio, presente en su obra, no es ajeno a esa realidad. Durante el concierto, compartió el origen de “Niños tristes de Durango”, ligada a la pérdida de un amigo cercano. En ese momento, el Anexo Independencia se convirtió en un espacio de contemplación a ese recuerdo doloroso. Algunas lágrimas aparecieron entre el público y también en el propio Lázaro, quien al terminar la canción se limpió el rostro mientras recibía un “¡Venga, Lázaro!” que se sintió más como abrazo que como consigna.
El final de la catarsis colectiva con Lázaro Cristóbal Comala llegó con “Todas las aguas”, “Lo peor de mí”, “Naufragar” y “La tornaboda”, en un show que removió sentires, donde aquello que duele encontró eco, refugio y se sostuvo en el canto de los asistentes que atravesó cada una de sus canciones.
Texto y fotos: Shiebi Aguilar








