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    Home » Aronofsky, la narrativa como brújula en el caos creativo

    Aronofsky, la narrativa como brújula en el caos creativo

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    By Roy Arce on 24 abril, 2026 Cine/TV, Eventos en Guadalajara
    *En el marco de la edición 41 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, el realizador de Réquiem por un sueño y Cisne negro compartío, ante una Sala 2 del Conjunto Santander, los mecanismos para construir un lenguaje cinematográfico propio, desde sus primeros tropiezos económicos hasta la obsesión por la toma subjetiva

    El pasado martes 21 de abril, en la Sala 2 del Conjunto Santander, el reconocido cineasta Darren Aronofsky ofreció una master class titulada Finding the Language of a Film, dentro de la edición 41 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Su charla fue un recorrido íntimo por su formación, sus primeras experiencias y la manera en que concibe el arte de contar historias a través del cine.

    Para Aronofsky, cada película es un ejercicio de perspectiva. Insistió en que el punto de vista es la clave de toda narración cinematográfica, y que su trabajo consiste en empujar a los personajes hacia sus límites para revelar verdades profundas. Más allá de géneros o fórmulas, su apuesta es por un cine que desafíe y conmueva.

    En la primera parte de este conversatorio, el cineasta comenzó su intervención con una confesión que marcó el tono de la velada. El realizador recordó su adolescencia, cuando siendo un mochilero de 18 años llegó a una plaza en Marruecos. Allí vio a un anciano contar una historia en un idioma que no entendía, pero la reacción del público, la conexión emocional, fue tan clara como el agua. “Sentí lo que decía sin entender una sola palabra”, compartió el cineasta, alternando entre el inglés y el español para hacer sentir cómoda a la audiencia tapatía. Ese momento, admitió, sigue siendo la piedra angular de su carrera: el poder bruto de la narración oral.

    Durante la charla, se exploró la evolución desde sus inicios independientes con Pi. El cineasta relató cómo las limitaciones económicas, recaudando fondos de cien dólares a través de cartas a conocidos, forzaron el nacimiento de un estilo visual radical, logrando reunir la cantidad de $20,000 dólares. El uso del blanco y negro y la narrativa puramente subjetiva no fueron caprichos estéticos, sino herramientas para generar cohesión cuando no había recursos para el color. Esta filosofía de «limitar la paleta» para potenciar la fuerza de la historia ha sido una constante, incluso cuando el presupuesto dejó de ser un obstáculo.

    Profundizó en un concepto técnico que rara vez se aborda con tanta claridad: la diferencia entre el plano subjetivo y el objetivo. Confesó que, gracias a una observación de un amigo al ver La carta de Jacob, se obsesionó con contar historias completamente desde la cabeza de los personajes. Ese hallazgo lo llevó a experimentar con las pantallas divididas en Réquiem por un sueño o la ausencia de tomas amplias en ¡Madre! o el uso de cámaras que siguen obsesivamente al protagonista, buscan encerrar al espectador en la psique del personaje. Esta «búsqueda interna«, similar al viaje del héroe pero volcada hacia el espíritu, es lo que conecta a figuras tan dispares como un luchador en decadencia o una bailarina en busca de la perfección.

    Sobre el proceso de edición, el realizador fue tajante: nunca utiliza música en las etapas iniciales del montaje. Considera que el ritmo de las imágenes debe sostenerse por sí solo antes de recibir el apoyo sonoro. La honestidad, tanto en la escritura como en la dirección de actores, fue señalada como el único antídoto contra la distracción digital actual. En un mundo de impactos rápidos de dopamina, el cineasta defendió la importancia de las historias que obligan a «ponerse los zapatos del otro» para descubrir que, en el fondo, las luchas humanas son universales.

    Aronofsky pidió no intentar adivinar qué quiere el público, sino contar historias humanas con detalles específicos. Advirtió sobre la saturación de estímulos digitales, pero defendió el cine como un antídoto: esa máquina de empatía que obliga al espectador a ponerse los zapatos de otro. “No se trata de aburrir”, sentenció. “Se trata de hacer que por dos horas la gente escape y, al salir, se den cuenta de que no somos tan diferentes”.

    Texto y fotos: Roy Arce

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