*La falta de inversión, infraestructura y atención a la red de agua potable del Área Metropolitana de Guadalajara, derivó en protestas que culminaron con actos de represión y enfrentamientos en Casa Jalisco durante la marcha del domingo 11 de octubre

Paulatinamente, el problema del agua potable en el mundo está tomando tintes apocalípticos, de película de ciencia ficción que está dejando de serlo para convertirse en una cruda realidad. La sobrepoblación, la sobreexplotación y contaminación de mantos acuíferos, aunado al desinterés generalizado por su cuidado, han colocado al líquido vital como un detonante de guerras y conflictos de gran escala. La situación se complica aún más en las grandes ciudades, al grado de que hoy en día son muy pocas las que mantienen un suministro óptimo y a largo plazo.
Es el caso del Área Metropolitana de Guadalajara (AMG), un conglomerado urbano gigantesco en constante crecimiento que abarca los municipios de Guadalajara, Zapopan, El Salto, Tlajomulco, Tonalá y Tlaquepaque con miras a integrar a municipios periféricos como Juanacatlán, Ixtlahuacán de los Membrillos, Zapotlanejo o Acatlán de Juárez; en fin, el segundo núcleo urbano más poblado de México con sus más de 5.3 millones de habitantes…y contando. En el entendido que, entre mayor sea la población, mayor será la demanda de servicios así como la necesidad de optimizar la infraestructura que lo garantice por parte de todos los niveles de gobierno involucrados: los municipios y el estado con la atención de drenaje, red de agua potable, alcantarillado y la federación con las cuencas hídricas bajo su ámbito de responsabilidad. Un acto de labor conjunta y bien sistematizada que, desafortunadamente, no se ha dado y parece que no se dará. Por lo anterior, no es de extrañarse que, en 2026, explotara una bomba de tiempo de la que nadie se encargó de desactivar a tiempo, a pesar de que el reloj estuvo avisando con muchísima anticipación.
Desde hace meses, la red de agua potable de la AMG ya daba gritos de auxilio y señales muy claras de que las cosas no estaban bien. Escasez, agua contaminada en los grifos y, primordialmente, un olor nauseabundo provocado por la presencia de bacterias, metales pesados, heces fecales , han sido las constantes en casi todos los domicilios de la zona, provocando brotes de urticaria, dermatitis y enfermedades estomacales. Pero los esfuerzos nunca se destinaron a prevenir ni corregir; pareciera que todos ellos se enfocaron en mejoras visibles de cara al Mundial dejando en segundo plano la esencial infraestructura hídrica por que, en palabras del zorro en «El Principito», de Saint Exupery, «lo escencial es invisible a los ojos»…y lo invisible a los ojos no representa propaganda.
Así, llegó el mes de octubre, con la fiesta mundialista a casi tres meses de distancia, y la cruda económica y social en su punto máximo, cuando el problema se agravó y las voces comenzaron a elevarse a tantos decibeles que ya era imposible ignorarlas. Comenzaron los bloqueos de avenidas y del tren ligero como medio de presión. Luego de una entrevista en Radio ITESO el jueves 8 de octubre, Pablo Lemus, Gobernador de Jalisco, fue increpado por estudiantes de esta institución con reclamos sobre la calidad del agua y la exigencia de respuestas definitivas. Posteriormente, el lunes 12, el mandatario dirige un mensaje anunciando un Programa de Rotación de Servicio de Agua que arrancará el jueves 15 de octubre al detectar descargas clandestinas, basura, falta de saneamiento e infraestructura obsoleta en el Sistema de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA) que llevó a cerrar el colector de Las Pintas para iniciar trabajos de rehabilitación, lo que provocaría escasez sistematizada durante, al menos, seis meses. Irónicamente, la reducción del líquido vital fue la gota que derramó el vaso.

Diversos colectivos, junto con la ciudadanía, convocaron a una gran marcha el domingo 11 de octubre a partir de las 11:00 horas, que avanzaría de la Glorieta de la Minerva hacia Casa Jalisco, bajo la premisa de que sería apolítica, pacífica y ciudadana, para exigirle al Gobierno del Estado y los Ayuntamientos la solución al problema del agua. Previo a la hora pactada, ya algunas personas se habían apostado en las inmediaciones de una fuertemente resguardada Casa Jalisco, rodeada de vallas metálicas, elementos policiacos y algunos cuerpos de seguridad vestidos de civiles, mientras el grueso de los asistentes caminaba por la avenida López Mateos rumbo al punto de reunión.
En la Minerva ya se encontraba un nutrido contingente de manifestantes preparándose para salir. Los organizadores se apostaban en diversos puntos para dar indicaciones con los altavoces: para mayor seguridad, los niños, tercera edad y quienes tuvieran alguna discapacidad encabezarían la marcha, seguidos por los colectivos, luego los ciudadanos y al final los partidos políticos. Todas las generaciones, clases sociales, tendencias ideológicas e identidades de género congregados compartían un motivo en común: protestar por la solución al problema del agua. Abundaban pancartas, lonas, efigies de cartón de calaveras, hasta botellas llenas de agua sucia, lo que fuera necesario para evidenciar la tragedia. «Aún no se leer, pero ya estoy enojado», decía el cartel de un pequeño de nomás de cinco años colocado en su espada de juguete; «El agua sale sucia, pero el recibo clarito», pregona otro; uno más muestra, en caricatura, el diálogo de una madre con su hija «-¡Qué rico, un tejuino! -¡Es caca!» y un joven causa sensación con su frase «La caca va en las cruces, no en el agua», haciendo alusión a las misteriosas «cruces de caca» que aparecen en los muros de la ciudad. Sin embargo, y como todo acto de protesta es imposible que no se politice, también aparecieron consignas contra el gobernador, los alcaldes, exigencias de su renuncia, reclamos directos por sus malas gestiones, denuncias de intervención sionista y hasta banderas de Palestina. Aún así, el evento corrió con tranquilidad y, aunque estaba programada para arrancar a las 12:00 horas, la marcha comenzó poco después de las 11:30 horas por las laterales de López Mateos. Durante el trayecto, algunos automovilistas, desde la vía rápida, hacían sonar sus claxon tanto en señal de apoyo como de reclamo; se fueron integrando más personas, más familias, más paseantes con sus mascotas, a los que se les entregaban impresos y carteles.

Minutos más tarde, el contingente se desvió de López Mateos para incorporarse a Manuel Acuña y hasta posicionarse frente a las rejas y antimotines que resguardaban el acceso principal a la sede de gobierno, en donde ya se encontraba apostado otro contingente menor justo pegado a las vallas. Ahí, la manifestación elevó su tono, las exigencias elevaron su volumen, los reclamos se apoderaron de la atmósfera. Un padre le indica a sus dos hijas pequeñas qué es lo que debe gritar en voz alta y por qué es necesario hacerlo, mientras un grupo de madres buscadoras despliega fotos de sus seres queridos desaparecidos. Al fondo, en la residencia oficial, reinan el silencio y el estoicismo de los antimotines.

De pronto, entre gritos y consignas, dos mujeres comienzan a sacudir las vallas justo al frente de Casa Jalisco sin derribarlas, pero los ánimos estaban a tope y la acción se ve replicada a lo largo de la barrera de protección. Varios organizadores se interpusieron entre los manifestantes y los antimotines que comenzaron a responder de manera errática. Recuerdan insistentemente que no hay que caer en provocaciones, que la marcha es pacífica, que no hay que desvirtuar el motivo de la misma, pero el clamor ya no se pudo controlar. Insultos, exigencias de renuncia y ciudadanos encarando a los antimotines, exigiéndoles unirse a los reclamos, recordándoles su condición de ciudadanos comunes, «ustedes también se bañan con agua puerca», «no traicionen al pueblo», «no defiendan a los que no harán nada por ustedes». Algunos policías responden verbalmente a las agresiones y se entrampan en discusiones, pero otros pierden el control emocional y comienzan a repeler a los manifestantes a golpes. A estas alturas ya no importa si son manifestantes legítimos, ciudadanos comunes, organizaciones sociales, partidos políticos o «bloque negro»: todo el que se manifiesta es un objetivo potencial. De nada sirvieron las advertencias de los manifestantes que denunciaban infiltrados encapuchados y los señalaban, todo aquel que se encontrara en el momento inadecuado era sometido. Un joven trata de hacer entrar en razón a los antimotines mostrándoles unos filtros de agua completamente sucios; sin embargo, ya perdiendo los estribos por alcances de proyectiles de filas más atrás, la barrera de policías abre sus escudos y, a jalones, se traga al joven manifestante, ante la impotencia de su madre que exige que se lo devuelvan y la asistencia de una manifestante con casco amarillo que, por poco, también es absorbida por la «barrera voraz». En otra esquina de Casa Jalisco, una joven es sustraída por los antimotines junto con su tía, una mujer de edad avanzada, que intentaba defenderla. Detrás de la barrera, los manifestantes son inmovilizados por cuerpos de seguridad uniformados y vestidos de civiles, que los llevan en andas al interior del recinto, donde permanecen resguardados.

La violencia entra en un círculo vicioso que no parece tener fin. Nadie está dispuesto a ceder, ni los manifestantes en sus exigencias, ni los antimotines en sus excesos de autoridad. Entonces, aparecen las humaredas de gases lacrimógenos seguidos por agua a presión. Irónicamente, las protestas por la falta de agua y su deplorable calidad, es respondida con potentes chorros de agua limpia disparados hacia la multitud. La respuesta no podría ser otra más que el reclamo generalizado de «¿Para eso sí hay agua limpia?». Completamente empapados y con los efectos irritantes de los gases, los manifestantes echan mano de cualquier recurso para defenderse, ya sea cubetas, globos llenos de agua sucia, tierra y hasta piedras. Uno de ellos levanta una pesada piedra y se abre paso entre la multitud para arrojarla ante los antimotines que ya están en posición de resguardo total con los escudos. Surgen los primeros descalabrados, ya sea por las piedras o los golpes de la policía; se improvisan puntos de apoyo para aliviar el efecto de los gases por parte de voluntarios. Ante la adversidad, la solidaridad.

Fuera del epicentro, la manifestación sigue su curso de manera pacífica, aunque no sin curiosidad sobre lo que está sucediendo metros más adelante y que parece que seguirá escalando. La gente se dispersa entre las calles exhibiendo sus pancartas y algunos colectivos dirigen sus mensajes a través de altavoces intentando hacer conciencia de la situación.

A la altura de la avenida Rubén Darío y Manuel Acuña, un grupo de curiosos observa a la distancia la escalada de conflicto, pero al notar que los antimotines se están acercando comienzan a dispersarse presas del pánico. «¡No corran, mantengan la calma!», se escucha, sin que la recomendación logre hacer eco. Simultáneamente, una ráfaga de viento lleva hacia esa zona los gases lacrimógenos y, sin deberla ni temerla, causa estragos entre propios y extraños, que de inmediato se cubren nariz, boca y ojos para evitar el ardor. Ni siquiera los que se trataron de mantener ajenos a los disturbios en sus casas pudieron evitar verse afectados. Así como el problema del agua, los gases lacrimógenos fueron la expresión más democrática.
El saldo fueron varios heridos y, sobre todo, detenidos. 39 personas permanecieron temporalmente en calidad de desaparecidos, escondidos en alguna parte de la cual sólo se podía especular. Poco a poco fueron liberando a unos, reteniendo a otros y enviados a Puente Grande a otros en espera de audiencia. Las redes sociales se llenaron de solicitudes de apoyo, de evidencias, de fotos y videos que pudieran probar la inocencia o culpabilidad de los involucrados; los gobernantes se dedicaron a desmentir, a disminuir o exagerar el acontecimiento según su conveniencia; los colectivos y ciudadanos están convocando a más marchas, como la del domingo 18 de octubre.

Incrementó la molestia social, el descontento, la reprobación y la confrontación. Aumentó todo, menos el compromiso para resolver el principal problema de Guadalajara: el agua sigue sin llegar o llega tan contaminada que sería negligente usarla. En sentido figurado y literal, el actual problema del Área Metropolitana de Guadalajara es que «no llega el agua al tinaco» a quienes tiene que llegar y, mientras no lo haga, no será extraño, en menos de lo pensado, ver una recreación de Mad Max «Al estilo Jalisco».
Texto y fotos: Luis Gómez Sandi «Lags»








































































