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    México 2026. La cara festiva del futbol

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    By LUIS GÓMEZ SANDI on 7 agosto, 2026 Deportes, Eventos en Guadalajara, Eventos fuera de Guadalajara, Fútbol, Sin categoría

    *Como sede conjunta con Estados Unidos y Canadá, México albergó, por tercera ocasión, la justa futbolística más grande del mundo escribiendo capítulos tanto gloriosos como escabrosos. Los claroscuros de la Copa del Mundo de la FIFA 2026 en América del Norte son ahora parte del recuerdo colectivo.

    Terminó el Mundial del 2026. El triunfo de España sobre la Argentina más polémica de los últimos años fue la estocada final, en Nueva York, a la primera Copa del Mundo de la FIFA que tocó tres países; la primera que acercó el futbol a Canadá, quien lo recibió con una amable frialdad, como corresponde a sus latitudes; la que pisó por segunda vez un Estados Unidos que ahora lo moldeó a su imagen y semejanza, fiel a su costumbre, como un taco en Tacobell. Pero también fue la tercera ocasión en el que la máxima fiesta futbolística tuvo su sede en México, una tierra donde no es sólo un deporte sino sinónimo de fiesta, de arraigo, de celebración y hasta de escapismo.

    Desde el verano del 2018 en Moscú, cuando se designó la sede conjunta de Estados Unidos, México y Canadá para organizar el Mundial en 2026, en México se despertó el júbilo nostálgico, la esperanza y hasta la curiosidad. Las dos ediciones anteriores, en 1970 y 1986, dejaron grandes recuerdos transgeneracionales y hazañas que definieron la historia del futbol mundial: la consagración de las dos figuras más grandes que ha dado el balompié, el Partido del Siglo entre Italia y Alemania, la despedida de la legendaria copa Jules Rimet o los goles de Maradona ante Inglaterra.

    Sin embargo, también vinieron las inevitables comparaciones. Para empezar, sería Estados Unidos la sede que albergaría la mayor parte de los partidos incluyendo, por supuesto, las fases finales y la gran final, así como a las selecciones favoritas. A diferencia de los 32 partidos en cinco ciudades del 70 o los 52 partidos en nueve ciudades del 86, la edición del 2026, que integró por primera vez a 48 selecciones, sólo destinó doce partidos en tres ciudades del territorio azteca. Aun así todos se volcaron a involucrarse. Las propuestas arrancaron para mostrar la mejor cara del país a los visitantes como si nuevamente se tratara de una sede única. Los gobiernos e iniciativa privada emprendieron grandes planes para obras monumentales, prometieron mejoras urbanas por encima de la expectativa, se construyeron ilusiones sobre las grandes remodelaciones a los estadios y se pensó en un renacimiento de México hacia el mundo.

    Pero el tiempo se tornó juez implacable y reveló una realidad latente. Obras inconclusas, trabajos a paso lento, sobrecostos, manejo desorganizado de recursos, proyectos puestos en funcionamiento a quemarropa, sin el tiempo necesario de probar su viabilidad, problemas de inseguridad, en fin: todos los indicios apuntando hacia el fracaso. Muy cerca de la fecha inaugural, los centros históricos de Ciudad de México y Guadalajara estaban sumidos en el caos con toneladas de estructuras metálicas en sus plazas principales, equipos de sonido, decoraciones, barreras divisorias, extrema seguridad, calles cerradas y hasta manifestaciones, como la que se mantuvo durante algunas semanas sobre la calle 5 de Mayo en Ciudad de México a cargo de los maestros de la CNTE.

    De igual manera, el futbol nacional arrastraba su capa caída desde el Mundial en Qatar en el que no pudo superarse la fase de grupos, que no calificó para los olímpicos ni para el Mundial Femenil sin dejar atrás el cuestionable manejo de la liga nacional, por lo que el ánimo de la afición se llenaba más de dudas que de confianza.

    Por si fuera poco, los exorbitantes precios para los partidos tanto en la preventa, como en la venta general y hasta la reventa, pronosticaban una raquítica asistencia a los estadios.

    Así, entre dudas y tímidas certezas, júbilo y mesura, miedos y esperanzas, llegó el jueves 11 de junio, el día cero, en el que la cuenta regresiva fue revertida por la secuencia de minutos que escribirían una nueva historia. El Estadio Azteca, temporalmente Estadio Ciudad de México,  se elevó a la categoría de templo universal del futbol con su tercera inauguración mundialista. Lució lleno, colorido, rebosante de fiesta desde los alrededores hasta la cancha, donde Shakira, Burna Boy, Alejandro Fernández, Belinda, Danny Ocean, J Balvin, Lila Downs, Los Ángeles Azules, Maná, Tyla, Andrea Bocceli y EJAE presentaron la cara festiva de México hacia el mundo bajo el radiante sol de mediodía como preámbulo del partido inaugural entre México y Sudáfrica; un encuentro lejos de ser inédito, cuya primera edición ocurrió justamente 16 años atrás coincidentemente en la inauguración del Mundial de Sudáfrica 2010 en el Estadio Soccer City de Johannesburgo y que concluyó con un empate a un gol. Esta ocasión, los nacionales, con todo a su favor, salieron a la cancha para hace historia…y ya no defraudaron. La Selección Nacional se adelantó en el marcador con dos tantos, uno al minuto nueve por conducto de Julián Quiñones y otro al minuto 67 de Raúl Jiménez , mientras Raúl ‘Tala’ Rangel mantuvo invicta la portería. El resultado no se modificó.

    Además de conservar el invicto mundialista en el Azteca, los mexicanos lograron su primera victoria en un partido inaugural en toda su historia. Volaron sombreros de cartón, banderas, vasos, cerveza y todo lo que pudiera volar; levantaron el vuelo las ilusiones y, así como en el 86 la ola materializó el entusiasmo, 40 años después, en los abarrotados Fan Fest, avenidas y plazas, la Minerva, el Ángel de la Independencia y en cualquier punto de reunión, los aficionados surcaron el cielo impulsados por otros grupos de aficionados al grito de «¡Quiere volar!» Un vuelo sorpresivo en la mayoría de los casos que no respetaba géneros, edades, condiciones  ni jerarquías. Volaban los niños, los adultos, el reportero, la botarga de tiburón, el extranjero, el de la silla de ruedas, unos accedían, otros se negaban, pero todos podían ser parte de la experiencia. Las tiendas de conveniencia, los hipermercados, las farmacias, los tianguis y las banquetas se llenaron de mercancia oficial y no oficial del Mundial; las camisetas verdes del Dr. Simi se volvieron más cotizadas que las oficiales de la FIFA; ante las protestas de la FIFA,  Tepito volvió a «poner la verde» a la afición y se echó a volar la imaginación de los mexicanos para crear cualquier producto ligado con el futbol que se vendiera como pan caliente.

    Por la tarde, el Estadio Akron, o Estadio Guadalajara, se estrenó como sede mundialista con el encuentro entre Corea del Sur y Chequia, del que los orientales salieron con sus primeros tres puntos al vencer 2 a 1 a los europeos. Se cumplió un sueño largamente acariciado por el empresario Jorge Vergara desde que emprendió la construcción del nuevo estadio y, a la vez, Guadalajara concretaba su tercera ocasión como anfitriona. El vencedor de este primer partido se vio las caras con la selección anfitriona el jueves 18. El tradicional colorido y folclore tapatíos invadió el estadio y sus alrededores. Los trajes de mariachis, charros y chinas poblanas, convivieron con los Hanbok, Norigaes y Gwanmos entre puestos de comida y stands de activaciones de marcas patrocinadoras. Las banderas mexicanas y coreanas se entrelazaban en un acto de amistad dentro de la momentánea rivalidad; los disfraces más elaborados traían a la vida caballeros águila, danzantes, a los más entrañables personajes de la mitología prehispánica, con el Fan ID al cuello y un vaso con las banderas y el nombre del partido en la mano; las gradas lucían tan verdes como los muros exteriores del recinto; la salida de los jugadores a la cancha se acompañó por un imponente estruendo coral, mientras el Himno Nacional terminó por robar el aliento y la emoción.  Tras casi una hora de un partido un tanto aburrido entre ires y venires de ambas selecciones por lo largo y ancho de la cancha, Luis Romo aprovechó un error del arquero rival para anotar el primer tanto del partido y colocar a la selección en el primer lugar de grupo. Nuevamente, el «Tala» Rangel hizo gala de su talento y mantuvo inviolable la portería local, destacando una atajada cardiaca que se cuenta entre las mejores del torneo.

    México sumó dos triunfos al hilo sin recibir goles. «¡Chequia va a probar el chile nacional!», surgió como el nuevo canto repetido hasta el cansancio para convencerse de que los logros no iban a parar ahí y que el próximo encuentro de la selección en el Azteca sería mero trámite. Entonces, un mantra cobró fuerza inusitada: «¿Y si sí?» Tres simples palabras que capitalizaron toda la esperanza y duda de una nación entera. Una expresión que lo invadió todo, desde el habla popular, los comerciales, camisetas, lo alto de la Torre Latinoamericana, el cascaron de los huevos San Juan, los sombreros que esta misma marca regaló en centros comerciales de México, Guadalajara y Monterrey a cientos de personas que hicieron fila bajo el sol; también un ganso con tenis, que regularmente deambulaba por el centro de la CDMX acompañando a sus dueños, dejó el anonimato para convertirse en Merlín, la mascota no oficial del Mundial, con más aceptación que los ajolotes que inundaron todas las calles de la ciudad, como proyecto escultórico en el Fan Fest y hasta en la nuevas placas de los automóviles.

    El lunes 24 de junio la gloria le sonrió nuevamente a la selección mexicana en su casa; con tres goles de Mateo Chávez, Álvaro Fidalgo y un Julián Quiñones que ya se perfilaba para inscribir con letras de fuego su nombre en la historia del futbol, así como la destreza del «Tala» Rangel y la emotiva despedida del eterno Memo Ochoa en la portería, se aseguró el primer lugar de grupo, un impecable paso a 16vos de final y la oportunidad de seguir jugando en el Estadio Ciudad de México. En la calle, los festejos comenzaron a subir de intensidad con los bailes masivos y espontáneos de las canciones de Caballo Dorado, más voladores improvisados, y bubucelas y matracas irrumpiendo con estridencia. La Minerva, azotada por una intensa tormenta durante el partido, se tornó una implacable pool party.

    Si bien hubo relativa paz durante los partidos en la fase de grupos y quedaron algunos momentos memorables en Guadalajara como el estoicismo de Lumumba Vea apoyando desde las gradas  a la selección del Congo contra Colombia o la presencia de Felipe VI, Rey de España, junto con Plácido Domingo y demás personalidades en el palco de honor durante el partido en el que los ibéricos mandaron a su casa a los uruguayos, la primera fase de eliminación o el partido número 1000 de las Copas del Mundo en el Estadio BBVA, o Estadio Monterrey, el sábado 20 de junio entre Túnez y Japón, el encuentro de México contra Ecuador en la primera de las fases eliminatorias comenzó a enturbiarse desde antes del arranque. Comentarios agresivos, provocaciones entre aficionados de las dos naciones, la exacerbación mediática que capitalizó el confilcto diplomático entre los dos países para calentar el ambiente, crearon una inédita rivalidad comparable a la de Argentina contra Inglaterra. Ya no era un simple partido, sino la apuesta del orgullo nacional, el ansia de venganza, la demostración de poder entre rivales que no se habían enfrentado con saña. El martes 30 de junio, el Estadio Azteca ardió como acostumbra hacerlo cuando hay más en juego que la ventaja de un marcador. La afición hizo valer su localía haciendo rugir su casa, pero también con actitudes deplorables por parte de unos cuantos. Quiñones y Raúl Jiménez terminaron por concluir el sueño e inscribirse en el Olimpo del futbol mexicano, lapidando a los andinos con sus goles al igual que un muy joven Gilberto Mora, que a sus apenas 17 años dio una cátedra a futbolistas de talla mundial. Un triunfo que supo a final y que los contrincantes buscaron justificar con supuestas malas prácticas y amenazas por parte del anfitrión, aunque no quedó más que hacer autocrítica y aceptar el resultado.

    Para la afición no había duda: el «¿Y si sí?» tenía posibilidades de llevar la gloria hasta la final. Había quiénes aseguraban que Mercado Libre, que ofreció todas las compras gratis hechas con su tarjeta de crédito si México se coronaba campeón, tenía que empezar a preocuparse. Está por demás decir que la euforia en las calles siguió creciendo; lamentablemente ya estaba fuera de control. Comenzaron los daños a la propiedad privada, las farolas rotas, policías agredidos y hasta lesionados en aras del festejo, antimotines custodiando los accesos al Fan Fest, autos vandalizados y cuatro fallecidos: uno por linchamiento, otro por congestión alcohólica y dos por aplastamiento en los tumultos.

    Por primera vez, en 40 años, México ganaba un partido de eliminación directa; con dos anotaciones y sin goles en contra llegó al ansiado «quinto partido» aunque, con el recién estrenado formato del torneo, no era más que la misma fase de octavos de final en la que siempre había quedado eliminado. Para hacer verdadera historia debía medirse contra Inglaterra.

    Aunque en los pronósticos la selección nacional tenía mucho a su favor, como la localía, la altura de la ciudad o el clima, las dudas nunca dejaron de merodear. Un día antes del encuentro, los ingleses dieron una ligera muestra de su desempeño a la prensa en las canchas de La Cantera de Pumas, recinto que fungió como su cuartel, pero no mostraron nada determinante. El domingo 5 de julio, en las abarrotadas explanadas del Estadio Ciudad de México, los aficionados ingleses se mostraron muy reservados en cuanto a sus expectativas, pronosticando un partido difícil, victorias muy marginales, incluso con la posibilidad de extenderse hasta los penales, contrastando con los marcadores abultados que aseguraban algunos aficionados mexicanos. Ese día el estadio se cimbró con fuerza; las esperanzas concentradas de más de 80 mil almas buscaba aplastar el ánimo de los contrarios y echar por tierra todas sus tácticas para mejorar el desempeño, como la de tomar Viagra para mitigar los efectos de la altura. Y todo parecía orillarse a favor de los nacionales; su indiscutible dominio del juego parecía acercarlos no sólo a los inalcanzables cuartos de lugar, sino a perpetuar el invicto del Azteca en los mundiales y a sellar el triunfo sobre una gran potencia en su cancha, emulando a lo hecho por Argentina en el 86…pero no. La posesión absoluta del balón no pudo contra los ínfimos errores del equipo nacional que fueron aprovechados por Jude Bellingham, que anotó dos goles en dos minutos y un penal de Harry Kane al minuto 59. Los esfuerzos de Julián Quiñones  y Raúl Jiménez por, al menos, emparejar el marcador y mandar el encuentro a tiempos extra no fueron suficientes: México volvía a ser eliminado en octavos. El cabalístico El cábala «¿Y si sí?» , tuvo que ceder su turno al eterno «jugaron como nunca, perdieron como siempre», aunque en esta ocasión, en estricta justicia, no se perdió como siempre.

    El paso de México por un nuevo Mundial en casa terminó, pero como ya todo estaba dispuesto para el festejo, se llevó a cabo de cualquier manera. El Ángel de la Independencia volvió a estar abarrotado, la gente bailaba, reía, se aventaba, se cubría de espuma en aerosol, hacía volar a los ingleses que se dejaron llevar por el entusiasmo y se desgañitaba el corazón con canciones dolidas de Juan Gabriel y José José en las bocinas, mientras algunos se alejaban cabizbajos a lo largo del Paseo de la Reforma con sus sombras melancólicamente alargadas sobre el pavimento. Ya no hubo excesos, destrozos, muertos, heridos, ni detenidos, sólo una fiesta integradora y mesurada, dejando como conclusión, que el equipo debía llegar sólo hasta el punto en el que la explosión de su júbilo no se tornara irreversiblemente autodestructivo.

    Con más de diez días de Copa del Mundo por delante, la afición dejó de lado la cruda por la derrota y se refugió en otras selecciones. Al final de cuentas, México se quedó con la entrañable amistad de Irán, a quien dio asilo en Tijuana ante los problemas que enfrentó en Estados Unidos; estrechó lazos con Corea del Sur, aún más que los ya establecidos a través del K Pop; surgió el apoyo a Egipto, Inglaterra, España, Francia, Bélgica y a Haaland, más que a la misma Noruega. Osciló entre la indignación y el sentido de justicia ante la polémica petición de Donald Trump a la FIFA para retirarle la tarjeta de expulsión al goleador estadounidense Folarin Balogun con una llamada a Infantino, la sumisión del organismo al acceder y la subsecuente derrota de los anfitriones ante Bélgica por 4 goles a 1. Argentina, un equipo al que no se le puede querer a medias tintas, se erigió como símbolo de corrupción para unos y epítome del mejor futbol materializado en un Lionel Messi en búsqueda del retiro con el subcampeonato, para otros. Contrario al discurso de odio generalizado al que hacían alusión comentaristas, hinchas y gobernantes argentinos, la afición en México llegó a pintar de albiceleste los puntos de reunión durante los partidos y la admiración por Messi llegó a rayar en el ámbito religioso; por otro lado, Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra eran elevados al nivel de justicieros.

    Poco a poco el color del Mundial se fue apagando. México dejó de ser sede y participante con la derrota ante Inglaterra, con la que también se fueron la portería inviolable y el invicto mundialista en el Azteca; Canadá, con menos dramatismo, se despidió como participante el martes 7 de julio con una derrota ante Marruecos por 3 a 1 en el Estadio Houston y como sede con el encuentro entre Suiza y Colombia en el BC Place de Vancouver con triunfo de los Rossocrociati. Sólo quedó Estados Unidos como anfitrión. Las tiendas fueron rematando sus inventarios alusivos a la Copa del Mundo, aparecieron los inimaginables descuentos de 70% en mercancías oficiales; dos, tres por uno o mitad de precio en camisetas y recuerdos; la euforia por el nuevo, y último, álbum oficial elaborado por Panini, que llenó las plazas y centros comerciales de avorazados coleccionistas intercambiando estampas, fue disminuyendo. Partido tras partido fueron cayendo los favoritos, las esperanzas, las inesperadas sorpresas. Egipto fue eliminado en un polémico encuentro ante Argentina; Marruecos, la última esperanza africana, fue superado por una imparable Francia, perfilando sus posibilidades de una tercera copa; Inglaterra puso a remar hacia el norte a los vikingos noruegos con todo y Haaland a la cabeza, para  luego ser superada por los albicelestes, que venían de mandar a casa a los suizos,  en una nueva edición de aquel legendario partido del «Gol del siglo» y «La mano de Dios», que es un símbolo patrio para el país sudamericano; otra vez surgieron las Malvinas, las Falkland, el rencor, el orgullo y el patriotismo que encontró su válvula de escape en una manta desplegada por los jugadores al final del partido manifestando «Las Malvinas son argentinas». Francia, con todo la estrella del tres veces mundialista y campeón del mundo en 2018 Kylian Mbappé, tuvo que conformarse por pelear el tercer lugar contra España, quién pasó por encima de ella con la violencia de un toro de lidia de buena casta.

    El domingo 19 de julio, con Nueva York abatido por la bruma de los incendios en Canadá y una amenaza latente de cancelación o cambio de sede, llegó la cita con el último encuentro de la copa del mundo. Nadie quiso perdérsela. Ni los 80, 600 aficionados que llenaron el Estadio de  Nueva York/Nueva Jersey, ni los millones de televidentes alrededor del mundo, ni los altos dirigentes de la FIFA, ni los mandatarios, incluyendo aquellos que aseguraban no formarían parte del evento, se resistieron al encanto del futbol. La copa del mundo, reluciente y dorada desde su estuche Louis Vuitton, hizo su aparición para validar, como lo hace desde 1974, la indiscutible coronación del campeón. España y Argentina llegaron con la obsesión de escribirse un nuevo capítulo glorioso: los albicelestes por el bicampeonato, la última copa de Messi y refrendar ante el mundo su orgullo nacional, y la Furia Roja por repetir la gloria de Sudáfrica 2010 y anotarse otro torneo oficial junto con el Mundial Femenil. Por ello, era imposible dudar de la encarnizada potencia del partido…más que el arranque inicial. Contrario a lo imaginado, la entonces campeona del mundo apareció deslucida, con su estrella jugando a medias, con errores, sin llegadas y con un Dibu Martínez que se convirtió en el auténtico salvador de la selección. Cucurella, Lamin Yamal, Rodri y demás, abatían con insistencia el marco albiceleste sin penetrar la defensa de su portero que hacía todo tipo de malabares para salvar el resultado, mientras Unai Simón pasaba un agradable día de campo del otro lado de la cancha. Golpes, insultos, decisiones cuestionables, errores garrafales y grandes salvadas, así transcurrió gran parte del partido, con los españoles, dueños absolutos del balón, acercándose peligrosamente al triunfo y los argentinos, que parecían forzar el partido hasta los penales para que la magia del Dibu les garantizara el campeonato. Sin embargo, una estrategia de defensa sin ataque es un acto suicida y, en el segundo tiempo extra, Ferrán Torres aprovechó los errores de la defensa y el descuido del portero para hundir el balón en el fondo de la portería junto con todas las esperanzas de los albicelestes, quienes intentaron despertar el contraataque, pero ya fue demasiado tarde: la copa del mundo regresaba a Europa. Entre lágrimas y frustración, los argentinos recibieron sus medallas de subcampeones de manos de Donald Trump, Claudia Sheinbaum y Mark Carney, mandatarios de los países anfitriones, mismos que, posteriormente, entregaron sus medallas de campeones del mundo a unos seleccionados españoles desbordantes de alegría, quienes también fueron abrazados por su monarca, Felipe VI.

    Finalmente, con la copa del mundo en manos del capitán Rodri Hernández…y un Donald Trump que se aferraba a ser parte de la escena, la selección españoles celebraron en todo lo alto su segunda copa del mundo, a la vez que Norteamérica se despedía de una esperada oportunidad de volver a ser casa, sustento y baluarte del futbol internacional.

    El lunes 20, una nueva cruda, la más difícil y desconcertante. Más de 30 intensos días de ver, oír, oler, tocar, desayunar, comer, cenar y soñar futbol llegaron abruptamente a su fin. Comenzaron los desmontajes de las pantallas, de los FAN FEST, de las decoraciones, los balones monumentales y de la fiesta en general. Comenzó una nueva cuenta regresiva, la de otros cuatro años de una cita que, desde 1930, congrega sin falta al mundo y que en la próxima edición estará cumpliendo sus primeros cien años…pero ya estará lejos de casa. España, Portugal, Marruecos y, con un partido conmemorativo por el centenario en Uruguay, Argentina y Paraguay, el máximo torneo del futbol volverá a abrir sus puertas en 2030, del otro lado del océano y del otro lado del hemisferio. Y aunque, sin lugar a dudas, los mexicanos volverán a hacer del deporte un festival y volverán a llenar los estadios al precio que sea, los recuerdos de este colorido y agridulce mes será poco más que imposible de superarse.

    En el Museo de Antropología, la icónica fotógrafa Annie Leibovitz, creadora de las imágenes más emblemáticas del Mundial México 86, regresó al país para inaugurar su exposición retrospectiva sobre la fotografía en el futbol. En ella, aparecen leyendas nuevas conviviendo con las legendarias, sus míticas fotografías en Tula y  Chichen Itzá proyectadas en las paredes, junto con una exhibición de arte prehispánico. Ahí, un pequeño cubo de cristal empotrado en el muro de bienvenida, custodia una antiquísima pelota de caucho, pieza central del ceremonioso Juego de Pelota con el que se honraba a las deidades de la antigüedad, avalando el eslogan del Gobierno de la CDMX «La pelota volvió a casa». En efecto, la pelota volvió a casa… pero no vino sola, sino con todas las implicaciones y sacrificios que este juego sagrado traía en el apogeo de las culturas ancestrales. Eso sí, rindiendo tributo a nuevas entidades.

     

    Texto y fotos: Luis Gómez Sandi «Lags»

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