Poema sinfónico y un piano en familia

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Fotografía: ALEJANDRO GUERRERO

“La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía”.
-Ludwig van Beethoven-

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Faltan poco más de 30 minutos para la hora pactada, y alrededor del Teatro Degollado convergen en un cuadro surrealista, transeúntes, músicos, mirones, pseudo-intelectuales y hasta payasos, formando la fila para ingresar al recinto, el cual terminó luciendo un espectacular lleno.

Siempre es terriblemente exquisito escuchar la disonancia de los instrumentos siendo afinados y el murmullo de la multitud, misma que expectante, va ocopando sus lugares después de la tercera llamada. Ricardo Casero Garrigues, Director Huésped, toma su lugar en invita a la familia protagonista de la noche, Christine Gerwig y Efraín González Ruano, salen de la mano de su hijo Alejandro González Gerwig quien los acompañará para interpretar el Concierto para Tres Pianos núm. 7 en Fa Mayor KV 242. de Mozart.

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La música clásica se reinventa, pasa de generación en degeneración, pero sigue teniendo ese misticismo mágico que atrapa nuestros sentidos y nos hipnotiza, creando un ambiente donde todos somos parte de la pieza, los ruidos de celular, las risas nerviosas, los aplausos apresurados (y arrepentidos) incluso los que ignoran los códigos de conducta y en plena interpretación abren abruptamente la puerta de la sala poniendo el acento percusivo al “in crescendo”.

El surrealismo de la noche tuvo su clímax en el intermedio cuando la pianista invitada Christine Gerwig, salió de la mano de su pequeña hija al lobby del teatro pidiendo la mitad de un limón como remedio para los mosquitos.

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Era la hora del gran cierre, el Poema Sinfónico Núm.11, Hunnenschlacht (La batalla de los Hunos) de Franz Liszt nos hizo hervir la sangre con una interpretación gloriosa bajo la siempre expectante águila que amenaza soltar su cadena y cumplir la profecía de echar abajo el teatro, esta ocasión no pasaría, la Orquesta Filarmónica se agrandó magistralmente con calidad digna de cualquier orquesta mundial realizaban una excelsa ejecución sonora , una noche digna de Dioses que puso de pie a la gran mayoría de los asistentes, quienes aplaudieron con grandes ánimos algunos minutos.

Después de tan grande triunfo, nada mejor para cerrar la celebración que La Victoria de Wellington (Sinfonía de batalla y triunfo) op. 91 Ludwig van Beethoven. El clamor de un público tapatío satisfecho que no desaprovechó la salida para buscar la selfie y felicitar a los músicos por tan maravillosa noche.

Les dejamos la galería fotográfica.

 

 

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